Mucho ruido y pocas nueces

Mucho ruido y pocas nueces

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BENEDICTO.— Dios os guarde, mozo. Conocéis mi estado de ánimo. Os dejo ahora a vuestro humor comadresco. Blandís vuestras pullas como los fanfarrones sus hojas, las cuales, a Dios gracias, a nadie hieren. Alteza, os agradezco vuestras muchas amabilidades, pero me veo obligado a rehusar vuestra compañía. Vuestro hermano el bastardo ha huido de Mesina; entre los tres habéis ocasionado la muerte de una incomparable e inocente dama. Por lo que toca al señor Lampiño, aquí presente, él y yo nos veremos las caras; y hasta entonces, la paz sea con él. (Sale.)

DON PEDRO.— Está serio.

CLAUDIO.— Y tan serio. Y os aseguro que es por amor de Beatriz.

DON PEDRO.— ¿Y te ha desafiado?

CLAUDIO.— Muy formalmente.

DON PEDRO.— ¡Qué peregrina cosa es un hombre cuando sale a correrla en ropilla y calzas y se olvida del ingenio!

CLAUDIO.— Es entonces un gigante comparado con un mono; pero puede ocurrir que el mono sea a su lado un doctor.

DON PEDRO.— Mas callad; basta de eso. ¡Despierta, corazón, y ponte triste! ¿No dijo que había huido mi hermano?

Entran DOGBERRY, VERGES y la ronda, con CONRADO y BORACHIO.


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