Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DOGBERRY.— Vamos con vos, señor. Si la justicia no logra domaros, que no vuelva a pesar más razones en su balanza. No, como ya habéis sido un hipócrita blasfemo, habrá que poneros a buen recaudo.
DON PEDRO.— ¿Qué es esto? ¡Dos criados de mi hermano presos! ¡Y uno de ellos es Borachio!
CLAUDIO.— Informaos enseguida de sus delitos, señor.
DON PEDRO.— Oficiales, ¿qué delito han cometido estos hombres?
DOGBERRY.— ¡Pardiez!, señor; han esparcido rumores falsos; además, han dicho mentiras; segundo, son calumniadores; sexto y último, han desmentido a una dama; tercero, han «verificado» cosas injustas; y, para concluir, son bellacos embusteros.
DON PEDRO.— Primero, te pregunto qué han hecho; tercero, te interrogo cuál es su delito; sexto y último, por qué están presos; y, para concluir, ¿qué cargos les imputáis?
CLAUDIO.— ¡Bien razonado y por su propio orden! Y, a fe, de una manera que no hay más que pedir.
DON PEDRO.— ¿A quién habéis ofendido, maeses, para venir asà atados antes de vuestro interrogatorio? Este sabio alguacil es demasiado alambicado para hacerse entender. ¿Cuál es vuestro delito?