Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces CLAUDIO.— ¡Hero querida! ¡Ahora se me aparece tu imagen en el puro exterior de cuando te amé por vez primera!
DOGBERRY.— ¡Vamos, conducid a los «querellantes»! A estas horas nuestro escribano habrá «reformado» del asunto al signior Leonato. ¡Y vosotros, maeses, no olvidéis especificar, en tiempo y lugar oportunos, que soy un asno!
VERGES.— AquÃ, aquà llega maese signior Leonato, y el escribano también.
Vuelven a entrar LEONATO, ANTONIO y el ESCRIBANO.
LEONATO.— ¿Cuál es el miserable? Que vea sus ojos, para que, si tropiezo con otro que se le parezca, pueda huir de él. ¿Cuál de éstos es?
BORACHIO.— Si queréis conocer a quien os ha ultrajado, miradme.
LEONATO.— ¿Eres tú el esclavo cuyo aliento mató a mi inocente hija?
BORACHIO.— SÃ, yo tan solo.
LEONATO.— No, no tal, villano, te calumnias. Hay aquà un par de hombres honrados, el tercero huyó, que han mediado en ello. PrÃncipes, os agradezco la muerte de mi hija. ¡Inscribid la hazaña en vuestros altos y preclaros hechos! Ha sido realizada valerosamente, a poco que lo meditéis.