Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces CLAUDIO.— No sé cómo implorar vuestra indulgencia; mas es preciso que hable. Elegid vos mismo vuestra venganza. Imponedme el castigo que vuestra imaginación fije sobre mi pecado. Sin embargo, no pequé sino por equivocación.
DON PEDRO.— ¡Ni yo tampoco, por mi alma! Y, no obstante, para dar satisfacción a este buen viejo, me presto a soportar el castigo más pesado que le plazca infligirme.
LEONATO.— No puedo haceros que hagáis vivir a mi hija; serÃa imposible; pero os ruego a ambos declaréis al pueblo de Mesina que murió inocente. Y si vuestro amor por ella os inspirara alguna composición fúnebre, suspendedla como un epitafio sobre su tumba y cantadla a sus restos. Cantadla esta noche. Mañana por la mañana venid a mi casa, y puesto que no habéis podido ser mi yerno, seréis mi sobrino. Mi hermano tiene una hija, efigie casi de mi hija difunta, y única heredera de los dos. Dadle el tÃtulo que hubierais dado a su prima, y asà fenecerá mi venganza.
CLAUDIO.— ¡Oh noble señor! ¡Vuestra bondad me arranca lágrimas! Acepto vuestra oferta, y disponed en adelante del pobre Claudio.
LEONATO.— Mañana, pues, espero vuestra llegada. Me despido por esta noche. Este mal hombre será careado con Margarita, la cual sospecho fue cómplice en la infamia, comprada también por vuestro hermano.