Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BORACHIO.— No, por mi alma que no lo fue. Ni supo lo que hacÃa cuando habló conmigo; antes ha sido siempre honesta y virtuosa en todo lo que de ella conozco.
DOGBERRY.— Además, señor (aunque, a la verdad, esto no consta en blanco y negro), el «querellante» aquà presente, el ofensor, me ha llamado asno. Os ruego que lo recordéis al imponerle su castigo. También ha oÃdo hablar la ronda de un tal Deforme. Dicen que lleva una llave en la oreja, y colgado de ella un rizo, y que en nombre de Dios pide dinero prestado, habiendo abusado de modo, y sin pagar jamás, que ya los hombres se han vuelto duros de corazón y no quieren prestar nada ni por amor de Dios. Os suplico que le examinéis sobre este punto.
LEONATO.— Gracias por tu cautela y celo honrado.
DOGBERRY.— Vuestra señorÃa habla como un «mancebo» agradecido y respetuoso, y ruego a Dios por vos.
LEONATO.— Toma por tus molestias.
DOGBERRY.— Dios proteja la fundación.
LEONATO.— Vete; te descargo de tu peso y te doy las gracias.