Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Sólo palabras agrias. Y ahora permite que te bese.
BEATRIZ.— Palabras agrias no son más que viento agrio; y viento agrio es sólo aliento agrio, y el aliento agrio es desagradable. Por consiguiente, me marcho sin que me beséis.
BENEDICTO.— Tal es la impetuosidad de tu ingenio, que ahuyentas las palabras de su verdadero sentido. Pero debo hablarte llanamente: Claudio ha aceptado mi reto, y, o me responderá pronto, o publicaré su cobardÃa. Y ahora te suplico que me digas: ¿por cuál de mis malas prendas te enamoraste primero de mÃ?
BEATRIZ.— Por todas a la vez, que componen un estado tan pérfidamente puntilloso, que no admiten prenda buena alguna para mezclarse con ellas. ¿Y por cuál de mis buenas prendas sufristeis primero de amor por m�
BENEDICTO.— «¡Sufrir de amor!» ¡Bonito epÃteto! Sufro de amor, en efecto, porque te amo contra mi voluntad.
BEATRIZ.— A pesar de vuestro corazón, supongo. ¡Ay, pobre corazón! Si le llenáis de pesar por mi amor, haré otro tanto por amor vuestro, pues nunca amaré lo que mi amigo odie.
BENEDICTO.— Tú y yo tenemos discreción bastante para arrullarnos apaciblemente.