Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BEATRIZ.— No lo parece, según esa confesión. Entre veinte hombres discretos no hay uno que se alabe a sà propio.
BENEDICTO.— Máxima antigua, Beatriz; máxima antigua, que tuvo valor allá en los tiempos de buena vecindad. Si en este siglo no se erige un hombre su tumba antes de morir, no vivirá más su monumento que el son de las campanas y el llanto de su viuda.
BEATRIZ.— ¿Y cuánto es eso, según vos?
BENEDICTO.— ¡Valiente pregunta! Una hora de doble y un cuarto de hora de lágrimas. AsÃ, lo propio de un hombre prudente (si don Gusano, su conciencia, no halla en contrario ningún impedimento) es ser la trompeta de sus propias virtudes, como soy yo de las mÃas. Por eso ensalzo mi persona, que, como puedo atestiguar, es muy digna de alabanza. Y ahora decidme, ¿cómo está vuestra prima?
BEATRIZ.— Muy mal.
BENEDICTO.— ¿Y vos?
BEATRIZ.— Muy mal también.
BENEDICTO.— Servid a Dios, amadme y aliviaos. Con lo cual os dejo también, pues aquà se acerca alguien a toda prisa.
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