Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Y, por lo tanto, vendrá. (Sale MARGARITA.) El dios del amor que arriba se sienta, y me conoce, y me conoce, sabe cuánta compasión merezco... Quiero decir cuánta compasión merezco como cantor. Pero como amante, Leandro, el intrépido nadador; Troilo, el primero que se sirvió de pándaros, y un libro entero lleno de esos, un tiempo, héroes de salón, cuyos nombres ruedan todavÃa dulcemente por el camino llano del verso libre, jamás se han visto tan zarandeados por el amor como mi pobre persona. ¡Pardiez! ¡No poder manifestarlo por medio de la rima! Lo he intentado ya y no doy con otro consonante para «dama» que «rama», rima inocente; para «tierno» que «cuerno», rima dura; para «susurro» que «burro», rima estúpida: terminaciones todas de mal agüero. No, es evidente que no he nacido bajo el influjo de un astro poético, ni puedo cortejar con una fraseologÃa deslumbrante. (Entra BEATRIZ.) Querida Beatriz, ¿vienes cuando te llamo?
BEATRIZ.— SÃ, signior; y partiré cuando me lo mandéis.
BENEDICTO.— ¡Oh! Quédate aquà hasta entonces.
BEATRIZ.— «Entonces» ya está dicho; adiós, pues, ahora. Y, sin embargo, antes de irme, permitid que me marche con lo que me hizo venir; esto es, saber lo que ha ocurrido entre vos y Claudio.