Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BEATRIZ.— No he de rechazaros; pero, por este dÃa radiante, que es por ceder a la gran influencia persuasiva y en parte por salvaros la existencia, pues me han dicho que os estabais consumiendo.
BENEDICTO.— ¡Silencio! Voy a cerraros la boca. (La besa.)
DON PEDRO.— ¿Qué tal te va, Benedicto, el hombre casado?
BENEDICTO.— Voy a decirte cómo, prÃncipe. Un colegio de burlones no me harÃa cambiar de carácter. ¿Pensáis que me importan una sátira o un epigrama? No; si un hombre se deja abatir con mofas, nada provechoso conseguirá para sÃ. En suma, ya que estoy decidido al matrimonio, no se me dará nada de lo que el mundo diga por ello; y, en consecuencia, será en vano que se me insulte por lo que he dicho contra él, pues el hombre es un ser voluble; y con esto basta. Por lo que a ti respecta, Claudio, pensé haberte golpeado; mas, como parece que vas a ser pariente mÃo, vive intacto y ama a mi prima.
CLAUDIO.— Bien esperé yo que rechazaras a Beatriz, para haberte sacado a palos de tu vida de soltero y hecho de ti un hombre de dos caras; lo que acontecerá, sin disputa, si mi prima no te vigila muy estrechamente.