Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DON PEDRO.— Amén, si la amáis, que la dama es muy digna de ello.
CLAUDIO.— Habláis asà para sondearme, señor.
DON PEDRO.— Por mi honor, que expreso mi pensamiento.
CLAUDIO.— Pues a fe mÃa, señor, que hago otro tanto.
BENEDICTO.— Y por mi doble honor y fe, señor, que os imito.
CLAUDIO.— Que la amo es lo que sé.
DON PEDRO.— Que es digna de ello, me consta.
BENEDICTO.— Pues yo ni sé cómo se la pueda amar, ni me consta que sea digna de que se la ame. Ésta es mi opinión, de que no harÃa desdecirme el fuego. Me dejarÃa morir en el brasero por ella.
DON PEDRO.— Tú siempre fuiste un hereje obstinado en negar culto a la hermosura.
CLAUDIO.— Y jamás pudo sostener su papel sino violentando su voluntad.