Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— ¿Ésas tenemos? ¡Por mi fe! ¿No habrá en el mundo un solo hombre que no quiera llevar su gorra de un modo sospechoso? ¿No lograré ver nunca un solterón de sesenta años? ¡Adelante, por vida mÃa! Puesto que te empeñas en doblar tu cuello al yugo, ostenta la marca y pasa los domingos suspirando. Mirad, don Pedro vuelve en busca vuestra.
Vuelve a entrar DON PEDRO.
DON PEDRO.— ¿Qué secreto os detiene aquà que no habéis acompañado a Leonato a su casa?
BENEDICTO.— Quisiera que vuestra alteza me constriñese a hablar.
DON PEDRO.— Te lo ordeno por tu obediencia de súbdito.
BENEDICTO.— Ya lo oÃs, conde Claudio. Puedo guardar un secreto como un mudo; estad convencido de ello. Pero la obediencia... Fijaos bien; se trata de la obediencia... Está enamorado. ¿De quién? Eso es lo que debe preguntarme ahora vuestra gracia. Advertid cuán breve es la respuesta: de Hero, la hija menor de Leonato.
CLAUDIO.— Si asà fuera, asà se dirÃa.
BENEDICTO.— Como el viejo cuento, señor: «Ni es asÃ, ni asà fue; empero, a la verdad, no permita Dios que asà sea».
CLAUDIO.— Si mi pasión no cambia pronto, no quiera Dios que sea de otra manera.