Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Que me haya concebido una mujer, es cosa que le agradezco; que me haya criado, también es cosa por la cual le doy mis más humildes gracias; pero que sobre mi cabeza resuene una cadencia de cuerno de monterÃa, o que mi bugle cuelgue de un invisible cinturón, que todas las mujeres me perdonen. Porque no quiero hacerles la injusticia de desconfiar de alguna de ellas, me reservo el derecho de no fiarme de ninguna. Y por último —y esto será lo más conveniente para m×, me propongo vivir soltero.
DON PEDRO.— Antes de morir, he de verte palidecer de amor.
BENEDICTO.— Me veréis palidecer de cólera, de enfermedad o de hambre, señor; pero no de amor. Si me demostráis alguna vez que el amor me ha quitado más sangre de la que pueda recobrar con la bebida, sacadme los ojos con la pluma de un coplero y colgadme a la puerta de un burdel como signo del ciego Cupido.
DON PEDRO.— Bien; pues si no quebrantas esa fe, proporcionarás un lindo tema de discurso.
BENEDICTO.— Si la quebranto, colgadme en una botella como a un gato y tirad al blanco sobre mÃ; y al que me acertare, dadle una palmada en el hombro y llamadle Adán.
DON PEDRO.— Bien, como aventura el tiempo: «Tiempo llegará en que el toro salvaje se entregue al yugo».