Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— El toro salvaje puede; pero si el prudente Benedicto se entregara, arrancadle los cuernos al toro e incrustádmelos en la frente; y que me retrate luego un pintor de brocha gorda; y tal como suele escribirse en gruesos caracteres: «Aquà se alquila un buen caballo», poned debajo de mi efigie: «Aquà podéis ver a Benedicto, el hombre casado».
CLAUDIO.— Si la ocasión llega, serás un cornudo furioso.
DON PEDRO.— Pues si Cupido no ha vaciado por completo su aljaba en Venecia, prepárate a temblar.
BENEDICTO.— Antes temblará la tierra.
DON PEDRO.— Bien, contemporizad con las horas. En el Ãnterin, apreciado signior Benedicto, entrad en casa de Leonato, saludadle en mi nombre y decidle que no faltaré a la cena, ya que, verdaderamente, ha hecho grandes preparativos.
BENEDICTO.— Aún me siento capaz de desempeñar esa embajada; y asà os encomiendo...
CLAUDIO.— Al amparo de Dios. De mi casa, si la tuviese...
DON PEDRO.— A seis de julio. Vuestro afectÃsimo amigo Benedicto.