Mucho ruido y pocas nueces

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BENEDICTO.— Vaya, no os burléis, no os burléis. La tela de vuestro discurso suele estar a veces bastante mal tejida y a trozos descubre la hilaza. Antes de acudir a viejas fórmulas, haced examen de conciencia. Y con esto me despido. (Sale.)

CLAUDIO.— Mi soberano, ahora podría vuestra alteza hacedme una merced.

DON PEDRO.— Tuyo es mi afecto para ordenar; enséñale, y verás con qué facilidad aprende las lecciones, por difíciles que sean, como se trate de tu bien.

CLAUDIO.— ¿Tiene Leonato algún hijo, señor?

DON PEDRO.— Sólo tiene a Hero, su única heredera. ¿Es que la amas, Claudio?

CLAUDIO.— ¡Oh señor! Cuando partisteis para esta última guerra, la contemplé con ojos de soldado y me agradó; mas hallábame ocupado en rudas empresas para entretenerme siquiera con el nombre de amor. Ahora que ya he regresado y que los pensamientos guerreros han dejado vacantes sus plazas, en su lugar acuden en tropel tiernos y delicados anhelos que me recuerdan todos cuán bella es la joven Hero y me hablan de la simpatía que me inspiró antes de partir para la guerra.


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