Mucho ruido y pocas nueces

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Escena III

Otro aposento en la casa de Leonato.

Entran DON JUAN y CONRADO.

CONRADO.— ¡Buenos tiempos! ¿Qué es eso, señor? ¿De qué nace esa tristeza sin medida?

DON JUAN.— No tiene medida el asunto que la nutre. Por consiguiente, mi tristeza ha de ser ilimitada.

CONRADO.— Debierais atender a la razón.

DON JUAN.— Y aun cuando la atendiese, ¿qué beneficio me reportaría?

CONRADO.— Si no un remedio instantáneo, a lo menos una resignación paciente.

DON JUAN.— Me asombra que tú, nacido —como dices— bajo la influencia de Saturno, trates de aplicar un remedio moral a una dolencia mortal. Yo no sé disimular. Me es forzoso estar triste cuando tengo motivos, y ninguna chanza me haría sonreír; comer si siento apetito, y no esperar la comodidad de nadie; dormir cuando me acosa el sueño, sin atender a los negocios de los demás; y reírme si estoy alegre, a despecho del humor de quien fuere.


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