Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces CONRADO.— SÃ, pero no debierais hacer clara demostración de ello mientras no podáis reportaros. Os habéis rebelado recientemente contra vuestro hermano, quien acaba de reponeros en su gracia, donde es imposible que echéis hondas raÃces si no cultiváis el terreno con vuestras propias obras. Es indispensable que aprovechéis la estación para recoger vuestra cosecha.
DON JUAN.— PreferirÃa ser gusano en un zarzal a convertirme en rosa por su gracia, y cuadra más a mi temperamento ser desdeñado de todos que acomodar mi comportamiento a los demás para obtener el afecto de uno. De esta manera, si no paso por honrado adulador, nadie podrá negar que soy un pillo franco. Se fÃan de mà con mordaza y con trabas se me da soltura. Por consiguiente, he decidido no cantar en mi jaula. Si tuviera la boca libre, morderÃa; si gozara de libertad, obrarÃa a mi antojo. En mi Ãnterin, déjame ser como soy y no trates de cambiarme.
CONRADO.— ¿No podéis sacar ningún partido de vuestro descontento?
DON JUAN.— Todo el partido posible, pues es mi único partido. ¿Quién llega? (Entra BORACHIO.) ¿Qué hay de nuevo, Borachio?
BORACHIO.— Vengo de allá dentro, de una gran cena. Vuestro hermano el prÃncipe está siendo festejado egregiamente por Leonato; y os traigo noticias de un matrimonio en cierne.