Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— ¡Oh! Ella es quien me trata de un modo que no lo sufriera un tarugo. Un alcornoque con sólo una hoja verde la hubiera contestado. Mi propia careta comenzó a animarse y a reñirla. Me ha dicho, sin sospechar con quién hablaba, que era el juglar del prÃncipe; que era más tedioso que un gran deshielo; acumulando burla tras burla sobre mà con tan increÃble malicia que no parecÃa sino como hombre que sirviera de blanco a un ejército entero que tirara sobre él. Habla puñales, y cada palabra suya es un golpe. Si fuera su aliento tan pestÃfero como sus términos, no habrÃa modo de vivir a su lado; infestarÃa hasta la estrella polar. No la quisiera por esposa, aunque trajese en dote cuanto poseyó Adán antes del primer pecado. Hubiera obligado a Hércules a dar vueltas al asador, no cabe duda, y aun a hacer astillas su clava para encender el fuego. Vamos, no hablemos de ella. AcabarÃais por reconocer en ella a la infernal Até lujosamente ataviada. Por Dios, que fuera bueno que algún sabio la sometiera a conjuro; porque, a la verdad, mientras ella aliente sobre la tierra, el hombre hallará más paz en el infierno que en un santuario; y las gentes perecerán adrede para ir allà cuanto antes; asà que, de veras, todo desasosiego, horror y perturbación la siguen.
Vuelven a entrar CLAUDIO, BEATRIZ, HERO y LEONATO.
DON PEDRO.— Miradla, aquà viene.