Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— ¿No podrÃa vuestra gracia darme algún encargo para el fin del mundo? IrÃa en este momento a las antÃpodas con el recado de menos importancia que quisierais confiarme. Os traerÃa ahora mismo un mondadientes del más apartado extremo del Asia; os procurarÃa la medida del pie del preste Juan de las Indias; os proporcionarÃa un pelo de la barba del Gran Kan; os desempeñarÃa cualquier embajada cerca de los pigmeos, antes que cambiar tres palabras con esa arpÃa. ¿No tenéis destino para mÃ?
DON PEDRO.— Ninguno, sino desear vuestra buena compañÃa.
BENEDICTO.— ¡Oh Dios! He aquÃ, señor, un plato que no es de mi gusto: no puedo tragar a esta señora Lengua. (Sale.)
DON PEDRO.— Vamos, señora, vamos; habéis perdido el corazón del signior Benedicto.
BEATRIZ.— Efectivamente, señor; me lo prestó por algunos instantes, y, como interés, le di un corazón doble por el suyo sencillo; empero, ¡pardiez!, que en otra ocasión me lo ganó con dados falsos; de donde bien puede decir vuestra gracia que lo he perdido.
DON PEDRO.— Le tenéis abatido, señora; le tenéis debajo.