Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BEATRIZ.— No quisiera que hiciese otro tanto conmigo, señor; me verÃa en peligro de ser madre de locos. Aquà os traigo al conde Claudio, a quien me mandasteis buscar.
DON PEDRO.— ¡Cómo! ¡Qué es eso, conde! ¿Por qué estáis triste?
CLAUDIO.— No estoy triste, señor.
DON PEDRO.— Qué entonces, ¿enfermo?
CLAUDIO.— Tampoco, señor.
BEATRIZ.— El conde no está triste, ni enfermo, ni alegre, ni sano; es civil, un conde de Sevilla, como las naranjas, y de ese mismo color celoso.
DON PEDRO.— A fe, señora, creo que es verdad vuestra descripción; aunque puedo jurar que, si es asÃ, su recelo es infundado. Ved, Claudio: he hecho la corte a Hero en nombre tuyo, y la he conseguido. Hablé ya con su padre, y obtuve su buena voluntad. ¡Fija, por lo tanto, el dÃa de la boda, y que Dios te haga feliz!
LEONATO.— Conde, tomad a mi hija, y con ella mi fortuna. ¡Su gracia ha concertado el matrimonio, y todas las gracias digan amén!
BEATRIZ.— Hablad, conde; os toca el turno.
CLAUDIO.— El silencio es el mejor heraldo de la alegrÃa. Fuera bien poca mi felicidad si pudiera decir cuánta es. Señora, soy tan vuestro como vos sois mÃa. ¡Me entrego por completo a vos y desvarÃo por el cambio!