Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BEATRIZ.— Habla, prima; y, si no puedes, ciérrale la boca con un beso, y que él no hable tampoco.
DON PEDRO.— A fe, señora, que tenéis el corazón gozoso.
BEATRIZ.— SÃ, señor; y le estoy agradecida al pobre orate por mantenerse a sotavento de los cuidados. Mi prima le dice al oÃdo que le lleva en el corazón.
CLAUDIO.— Y asà es, prima.
BEATRIZ.— ¡Dios mÃo! ¡Parentesco por matrimonio! Todo el mundo se casa aquà menos yo que me quedo a la luna de Valencia. Ya puedo sentarme en un rincón y gritar: ¡Eh! ¡Venga un marido!
DON PEDRO.— Yo os hallaré uno, señora Beatriz.
BEATRIZ.— PreferirÃa que me lo hubiese hallado vuestro padre. ¿No tiene vuestra gracia ningún hermano que se le parezca? Vuestro padre supo hacer excelentes maridos, si una doncella pudiese dar con ellos.
DON PEDRO.— ¿Me queréis a mà por tal, señora?
BEATRIZ.— No, señor; a menos que me sea permitido tener otro para los dÃas de trabajo. Vuestra gracia es demasiado lujoso para llevarse todos los dÃas. Pero, por favor, perdóneme vuestra gracia. He nacido para estar siempre risueña y no hablar en serio.