Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DON PEDRO.— Vuestro silencio es lo que más me ofende, y la alegrÃa, lo que mejor os sienta, pues, no cabe duda, debisteis de nacer en una hora alegre.
BEATRIZ.— No, por cierto, señor, que mi madre gritaba; pero habÃa a la vez una estrella que bailaba, y yo nacà bajo su influjo. ¡Dios os conceda alegrÃa primos!
LEONATO.— Sobrina, ¿queréis poner atención en las cosas que os he dicho?
BEATRIZ.— Imploro vuestra merced, tÃo. Con el perdón de vuestra gracia. (Sale.)
DON PEDRO.— ¡Por mà fe! ¡Es una dama agradable y risueña!
LEONATO.— La melancolÃa es elemento que entra poco en la constitución de su ser, señor. Nunca está seria, sino cuando duerme. Y aun no siempre, pues he oÃdo decir a mi hija que, a menudo, soñando desventuras se ha despertado con risas.
DON PEDRO.— No puede sufrir que le hablen de esposo.
LEONATO.— ¡Oh! ¡De ninguna manera! Se burla de todos sus pretendientes.
DON PEDRO.— SerÃa excelente mujer para Benedicto.
LEONATO.— ¡Oh Dios, señor! Si estuvieran casados sólo una semana, se volverÃan locos de tanto hablar.