Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DON PEDRO.— ¿Cuándo pensáis ir a la iglesia, conde Claudio?
CLAUDIO.— Mañana, señor. El tiempo marcha sobre muletas hasta que el amor cumpla todos sus ritos.
LEONATO.— No antes del lunes, querido hijo, que será justamente dentro de una semana. Y aun asÃ, tiempo harto brevÃsimo para tener todas las cosas conforme a mi deseo.
DON PEDRO.— Vamos, movéis la cabeza a tan larga demora; pero os garantizo, Claudio, que el tiempo no ha de hacérsenos pesado. Me propongo, en el Ãnterin, acometer uno de los trabajos de Hércules, que ha de consistir en hacer que el signior Benedicto y la señora Beatriz sostengan una montaña de afección mutua. Ardo por verlos casados, y no dudo que lo he de lograr si vosotros tres me suministráis no más que la ayuda tal como yo os ordene.
LEONATO.— Señor, me tenéis a vuestro lado, aunque me cueste pasar diez noches en vela.
CLAUDIO.— Y yo, señor.
DON PEDRO.— ¿Y vos también, gentil Hero?
HERO.— Señor, desempeñaré cualquier cometido adecuado para ayudar a mi prima al logro de un buen marido.