Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Ya lo sé; pero lo que quiero es que vayas y estés aquà de vuelta. (Sale el PAJE.) Mucho me asombra que un hombre que se percata de las locuras de otro cuando consagra sus actos al amor pretenda, después de haberse reÃdo de semejantes ligerezas pueriles en los demás, convertirse en tema de sus propias burlas, enamorándose. Y uno de esos hombres es Claudio. Yo le conocà cuando no habÃa otra música para él sino la del tambor y el pÃfano, y ahora le suenan mejor el tamboril y la zampoña. Yo le conocà cuando hubiera andado diez millas a pie por ver una buena armadura, y ahora pasarÃa diez noches de claro en claro ideando el corte de un justillo nuevo. SolÃa hablar llano y sin rodeos, como hombre honrado y militar, y ahora se ha vuelto enrevesado; su conversación parece un banquete fantástico donde sólo se sirvieran platos exóticos. ¿Será posible que yo también me transforme, y vea de esa manera con estos ojos? No puedo asegurarlo. Pienso que no. No juraré, empero, que el amor no sea capaz de cambiarme en ostra; mas sà puedo hacer voto de que, mientras no me convierta en ostra, no hará de mà un necio semejante. Una mujer es bella; pero yo no salgo de mis trece. Otra es discreta; pero yo no salgo de mis trece. Otra es virtuosa, y en mis trece me quedo. Mientras no se junten en una mujer todas las gracias, no entrará ninguna en gracia conmigo. Habrá de ser rica, eso sin duda; discreta, o no la querré; virtuosa, o jamás haré contrato con ella; hermosa, o no la miraré nunca; dulce, o procuraré no acercarme; noble, o no me conquista, aunque sea un ángel; de agradable discurso, excelente cultivadora de la música, y sean sus cabellos del color que a Dios plazca. ¡Hola! El prÃncipe y monsieur Amor. Me esconderé en la enramada. (Se oculta.)