Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces Entran DON PEDRO, LEONATO y CLAUDIO, acompañados por BALTASARNIO y músicos.
DON PEDRO.— Qué, ¿oiremos esa música?
CLAUDIO.— SÃ, mi buen señor. ¡Que en calma está la noche! ¡Aquietada a propósito para prestar mayor encanto a la armonÃa!
DON PEDRO.— ¿Veis dónde se ha ocultado Benedicto?
CLAUDIO.— ¡Oh! Muy bien, señor. Acabada la música, proveeremos al zorrastrón con un penique.
DON PEDRO.— Vamos, Baltasar, entónanos de nuevo esa canción.
BALTASARNIO.— ¡Oh, mi buen señor! No obliguéis a una voz tan mala a ofender una vez más a la música.
DON PEDRO.— El mostrar tan extraño semblante al propio talento es testigo, precisamente, de su excelencia. Canta, te ruego, y que no te requiebre yo más.
BALTASARNIO.— Puesto que habláis de requebrar, cantaré, aunque también el galán comienza sus súplicas por requiebros a aquella que juzga indigna de elogios; empero, la requiebra y aun jura que la ama.
DON PEDRO.— Basta, te suplico; vamos, o si quieres seguir discurriendo, hazlo en notas.
BALTASARNIO.— Notad esto antes que mis notas; que no hay nota mÃa que sea digna de notarse.