Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DON PEDRO.— ¡Bien! ¡No hables sino en corcheas! ¡Notas, notas, de veras, y nada más!
Música.
BENEDICTO.— ¡Ahora, aria divina! ¡Ahora está su espÃritu en éxtasis! ¿No es extraordinario que unas tripas de carnero tengan la propiedad de hacer salir las almas de su envoltura corporal? ¡Bien! ¿Y se les mendigará cuando todo se acabe?
BALTASARNIO.— (Canta.)
»No suspiréis más, niñas, no suspiréis, que los hombres han sido siempre perjuros; un pie dentro del mar y otro en la orilla y sin firmeza nunca en ninguna cosa.
»No suspiréis, pues, no; dejadles que se vayan; sed felices y alegres y exhalad vuestras penas en el «¡Ay!, nana, nana».
»No cantéis más canciones, no cantéis, tan tristes, melancólicas y lentas; la falsÃa del hombre fue la misma desde que Primavera dio sus primeras hojas.
»No suspiréis, pues no; dejadles que se vayan; sed felices y alegres y exhalad vuestras penas en el «¡Ay!, nana, nana».
DON PEDRO.— Por mi fe, una excelente canción.
BALTASARNIO.— Y un mal cantor, señor.
DON PEDRO.— ¡Quia! No, no, a fe mÃa. Cantas bastante bien para un caso de apuro.