Mucho ruido y pocas nueces

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BENEDICTO.— (Aparte.) A ser un perro el que así ladrara, le habrían colgado; y yo ruego a Dios que su ruda voz no presagie una desgracia. Con tan buen gusto hubiera oído a la lechuza, cualquiera que fuese la pestilencia que aportase.

DON PEDRO.— ¡Pardiez!, que sí, ¿oyes, Baltasar? Te ruego que nos procures una excelente música, pues queremos que toques mañana por la noche al pie de la ventana de la señora Hero.

BALTASARNIO.— La mejor que pueda, señor.

DON PEDRO.— Hazlo así; adiós. (Salen BALTASARNIO y músicos.) Venid acá, Leonato. ¿Qué me decíais hace un momento, que vuestra sobrina Beatriz está enamorada del signior Benedicto?

CLAUDIO.— ¡Oh! ¡Es posible! (Aparte, a DON PEDRO.) Rondemos, rondemos; el pájaro se posa. Jamás pude suponer que esa dama fuera capaz de amar a hombre ninguno.

LEONATO.— No, ni yo tampoco. Pero lo más extraño es que haya puesto sus ojos en Benedicto, a quien, a juzgar por las apariencias, siempre ha detestado.

BENEDICTO.— (Aparte.) ¿Será posible? ¿Soplará el viento de esa parte?

LEONATO.— Bajo mi palabra, señor, que no sé qué pensar de ello, sino que lo adora con pasión frenética. Sobrepasa todo lo imaginable.

DON PEDRO.— Quizá no haga sino fingir.


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