Mucho ruido y pocas nueces

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CLAUDIO.— A fe que no fuera extraño.

LEONATO.— ¡Oh Dios! ¡Fingir! Jamás una pasión fingida anduvo tan cerca de una pasión real como la que ella descubre.

DON PEDRO.— Bien; ¿y qué síntomas de pasión deja entrever?

CLAUDIO.— (Aparte.) Cebad bien el anzuelo; el pez picará.

LEONATO.— ¿Qué síntomas, señor? Se os contará... (A CLAUDIO.) Ya os habrá dicho mi hija cómo.

CLAUDIO.— Me lo ha dicho, en efecto.

DON PEDRO.— ¿Cómo, cómo? Os ruego. Me asombráis. Hubiera creído su carácter invencible a todos los asaltos del amor.

LEONATO.— Así lo hubiera jurado, señor, especialmente contra Benedicto.

BENEDICTO.— (Aparte.) Juzgara todo esto una burla, a no ser ese anciano de barba blanca quien lo cuenta; la truhanería, a buen seguro, no se disimularía bajo tanta gravedad.

CLAUDIO.— (Aparte.) Ya ha mordido el anzuelo; no lo soltéis.

DON PEDRO.— ¿Ha declarado su pasión a Benedicto?

LEONATO.— No, y jura que nunca lo hará; ése es su tormento.


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