Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces CLAUDIO.— Asà es, en verdad. He aquà cómo lo cuenta vuestra hija: «Tras haberle testimoniado tantas veces mi desdén —dice— ¿he de escribirle que le amo?».
LEONATO.— Esto lo repite siempre que comienza a escribirle, pues se levanta veinte veces durante la noche y se queda sentada en camisa hasta que ha escrito un pliego de papel. Mi hija nos lo cuenta todo.
CLAUDIO.— Ahora que habláis de pliegos de papel, recuerdo un chiste gracioso que nos contó vuestra hija.
LEONATO.— ¡Oh! ¿Cuando después de haberle escrito y al repasar la carta notó que se encontraban los nombres de Benedicto y Beatriz?
CLAUDIO.— Eso.
LEONATO.— ¡Oh! Rompió la carta en mil pedacitos, reprochándose el haber cometido la ligereza de escribir a un hombre que sabÃa habÃa de burlarse de ella. «Le mido —exclamaba— por mi propio carácter, pues yo me burlarÃa de él si me escribiese. SÃ, aunque le amo, me burlarÃa».
CLAUDIO.— Luego cae de rodillas, llora, suspira, se golpea el pecho, se mesa los cabellos, reza, maldice. «¡Oh caro Benedicto! Dios me dé paciencia».