Mucho ruido y pocas nueces

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LEONATO.— Eso es lo que hace; así lo cuenta mi hija. Y a tales desvaríos llega que mi hija teme a veces que Beatriz atente contra sí propia. Es la pura verdad.

DON PEDRO.— Sería conveniente que Benedicto lo supiera por otro conducto, si ella no quiere confesárselo.

CLAUDIO.— ¿A qué fin? No haría sino tomarlo a diversión y atormentar más a la pobre dama.

DON PEDRO.— Si así obrara, fuera un acto caritativo ahorcarle. Se trata de una dama encantadora y gentil; de virtud inmaculada, al abrigo de toda sospecha.

CLAUDIO.— Aparte de que es en extremo prudentísima.

DON PEDRO.— En todo, salvo en amar a Benedicto.

LEONATO.— ¡Oh señor! Cuando la prudencia y la pasión luchan en un cuerpo tan frágil, hay diez probabilidades contra una de que la pasión salga victoriosa. Yo lo lamento por ella, y no me faltan justas razones, pues soy su tío y tutor.

DON PEDRO.— ¡Que no fuese yo el objeto de su preferencia! Habría dado de lado toda clase de miramientos y hecho mi cara mitad. Por favor, contádselo a Benedicto y sepamos lo que dice.

LEONATO.— ¿Creéis que sería prudente?


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