Mucho ruido y pocas nueces

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ÚRSULA.— Lo más entretenido de la pesca es ver al pez con sus remos de oro cortar la onda de plata y tragar ávidamente el pérfido anzuelo. Pesquemos así a Beatriz, que ahora se oculta en la cobertura de la madreselva. No temáis por mi papel en el diálogo.

HERO.— Acerquémonos, pues, a ella; que sus oídos no pierdan nada del cebo dulce e hipócrita que le arrojamos. (Avanzan hacia la enramada.) No, por cierto, Úrsula; ella es demasiado desdeñosa. Conozco su carácter, tan fiero y esquivo como los halcones montanos que habitan en las rocas.

ÚRSULA.— Pero ¿estáis segura de que Benedicto ama tan ardorosamente a Beatriz?

HERO.— Así lo dicen el príncipe y mi prometido.

ÚRSULA.— ¿Y os han encargado de que la informéis de ello, señora?

HERO.— Me han rogado que se lo participe; pero yo les he contestado que, si estiman a Benedicto, le insten a que luche contra ese afecto y no se lo haga saber nunca a Beatriz.

ÚRSULA.— ¿Por qué? ¿No es ese caballero merecedor de compartir un tálamo tan digno como aquel en que Beatriz pueda nunca reposar?


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