Mucho ruido y pocas nueces

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HERO.— ¡Oh dios del amor! Bien sé que merece cuanto pueda otorgarse a un hombre; pero jamás formó la naturaleza un corazón femenino de materia más dura que el de Beatriz. En sus ojos cabalga chispeante el desdén y la mofa, que desprecian cuanto contemplan; y cotiza su propia discreción a precio tan alto, que, fuera de ella, nada tiene valor. No puede amar ni concebir forma ni proyecto alguno afectuoso; tan engreída está.

ÚRSULA.— Cierto. Yo pienso lo mismo. Y en estas condiciones seguramente no sería bueno que conociera su amor, no sea que se burle de él.

HERO.— En efecto, decís verdad. Jamás he visto hombre, por sabio, por joven, noble o de raras facciones que fuere, a quien no haya dispensado mala acogida. Si es rubio, jura que el caballero podría pasar por su hermana. Si es moreno, ¡bah!, la naturaleza, tomando el dibujo de una estantigua, formó una sucia mancha. Si alto, una lanza con la punta torcida. Si bajo, un ágata mal tallada. Si habla es entonces una veleta que gira a todos los vientos. Si calla, un tronco que nadie mueve. Así ve la parte mala de cada uno, y no concede nunca a la verdad y a la virtud lo que compete a la sencillez y al mérito.

ÚRSULA.— Indudablemente, indudablemente, semejante censura no es recomendable.


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