Mucho ruido y pocas nueces

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HERO.— No, no puede ser recomendable mostrarse tan singular e intransigente como Beatriz. Mas, ¿quién osaría decírselo? Si yo intentara hablarle, se burlaría de mí a tono. ¡Oh! Se reiría de mí hasta hacerme perder el seso; me aplastaría de muerte con su agudeza. Consúmase, pues, en suspiros Benedicto, como rescoldo que se extingue interiormente. Mejor es la muerte a morir bajo sarcasmos; lo que sería tan terrible como morir de cosquillas.

ÚRSULA.— Decídselo, no obstante; a ver qué contesta.

HERO.— No; antes iré a avisar a Benedicto y aconsejarle que combata contra su pasión. Y, por cierto, inventaré, si es necesario, cualquier honesta calumnia que moleste a mi prima. No se sabe hasta qué punto puede emponzoñar el amor una palabra adversa.

ÚRSULA.— ¡Oh! No inflijáis semejante agravio a vuestra prima. No puede hallarse tan falta de buen criterio —poseyendo la vivacidad y agudeza de juicio que se le reconoce— para rechazar a un caballero tan extraordinario como el signior Benedicto.

HERO.— Es el hombre más singular de Italia, exceptuando siempre a mi amado Claudio.

ÚRSULA.— Os ruego no me riñáis, señora, si expongo mi parecer. El signior Benedicto, por su garbo, sus maneras, su cordura y su valor, es reputado el primero en toda Italia.


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