Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces LEONATO.— En efecto, tiene cara de más joven desde que ha perdido la barba.
DON PEDRO.— Y además se perfuma con algalia. ¿DeducÃs algo de este olor?
CLAUDIO.— Equivale a decir que el perfumado mancebo está enamorado.
DON PEDRO.— La mejor prueba de ello es su melancolÃa.
CLAUDIO.— ¿Y cuándo habÃa acostumbrado a lavarse la cara?
DON PEDRO.— Justamente, ¿y a acicalarse? Por lo cual ya he oÃdo lo que dicen de él.
CLAUDIO.— No, es su espÃritu chancero, que se ha deslizado ahora por entre las cuerdas de un laúd y se deja regir ya por las clavijas.
DON PEDRO.— En verdad, eso revela en él una historia grave. Concluyamos, concluyamos: está enamorado.
CLAUDIO.— Por cierto, sólo yo sé quién le ama.
DON PEDRO.— Es lo que yo también quisiera saber. Os aseguro que se trata de alguna persona que no le conoce.
CLAUDIO.— Ya lo creo, y todas sus malas cualidades; y, a pesar de todo, se muere por él.
DON PEDRO.— Habrá que enterrarla cara al cielo.