Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces CLAUDIO.— Si hubiese algún impedimento, os suplico que lo manifestéis.
DON JUAN.— Quizá creáis que no os estimo; eso se aclarará luego, y tendréis mejor opinión de mà en vista de lo que voy ahora a descubriros. Por lo que hace a mi hermano, pienso que os considera mucho, y por afecto de corazón ha contribuido a efectuar vuestro enlace. Cortejo, a la verdad, mal entendido y trabajo mal empleado.
DON PEDRO.— Pero ¿qué sucede?
DON JUAN.— Vengo aquà a deciros, y abreviaré pormenores —pues ella hace bastante tiempo que anda en lenguas de todos—, que la dama es desleal.
CLAUDIO.— ¿Quién? ¿Hero?
DON JUAN.— La misma. Hero, la hija de Leonato; vuestra Hero, la Hero de todo el mundo.
CLAUDIO.— ¿Desleal?
DON JUAN.— La palabra es demasiado suave para pintar su maldad. Puedo decir que es peor; buscad un calificativo peor, y sabré justificarlo. No os admire hasta tener mayor garantÃa; si no, venid esta noche conmigo, y veréis escalar la ventana de su aposento en la noche vÃspera del dÃa de su boda. Si la podéis amar entonces, casaos mañana con ella; empero convendrÃa más a vuestro honor cambiar de intento.
CLAUDIO.— ¿Puede ser tal cosa?