Mucho ruido y pocas nueces

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DOGBERRY.— Que poseéis vos. Sabía que iba a ser ésa vuestra respuesta. Está bien. En lo que concierne a ser un hombre guapo, ¡bah!, señor, dadle a Dios las gracias y no os envanezcáis; y respecto de vuestra lectura y escritura, mostradlas cuando no haya necesidad de vanidad semejante. Pasáis aquí por el hombre más insensato y el más a propósito para alguacil de la ronda. Cargad, pues, con la linterna. Ésta es vuestra consigna: «Comprenderéis» a todos los vagabundos y mandaréis a todo el mundo que se tenga, en nombre del príncipe.

GUARDIA PRIMERO.— ¡Ah! ¿Y si hay quien no se quiere tener?

DOGBERRY.— Bien. Entonces no os ocupéis de él, sino dejadle partir; e inmediatamente llamad a los demás de la ronda, y agradeced a Dios el haberos desembarazado de un bellaco.

VERGES.— Si no quiere tenerse al serle mandado no es súbdito del príncipe.

DOGBERRY.— Cierto, y ellos no han de meterse sino con los súbditos del príncipe. Y no armaréis ruido en las calles, pues ronda que chacharea y habla es cosa «tolerable» y que no se puede sufrir.

GUARDIA SEGUNDO.— Más bien habremos de dormir que charlar; sabemos lo que concierne a una ronda.


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