Mucho ruido y pocas nueces

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DOGBERRY.— ¡Ja, ja, ja! Vaya, maeses, buenas noches. Si ocurre algo grave, llamadme a mí. Guardad el secreto de vuestros camaradas y los vuestros propios, y buenas noches. Vamos, vecino.

GUARDIA SEGUNDO.— Conque, maeses, ya habéis oído la consigna. Vamos a sentarnos en el poyo de la iglesia hasta las dos, y después a la cama.

DOGBERRY.— Una palabra más, honrados vecinos. Os ruego que rondéis la puerta del signior Leonato, pues celebrándose allí boda mañana, hay gran bullicio esta noche. Adiós; estad «vigilantes», os suplico. (Salen DOGBERRY y VERGES.)

Entran BORACHIO y CONRADO.

BORACHIO.— ¡Qué hay! ¡Conrado!

GUARDIA PRIMERO.— (Aparte.) ¡Silencio! ¡No os mováis!

BORACHIO.— ¡Conrado, digo!

CONRADO.— Aquí estoy, hombre, pegado a tu codo.

BORACHIO.— Por la misa, y que sentí comezón en él. Pensé que iba a salirme un compañero sarnoso.

CONRADO.— Ya te contestaré de manera adecuada a eso; y ahora, prosigue con tu relato.

BORACHIO.— Apártate aprisa bajo este cobertizo, que empieza a lloviznar, y, como un verdadero borracho, te lo contaré todo.


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