Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DOGBERRY.— A decir verdad, no quisiera voluntariamente ahorcar a un perro; mucho menos a un hombre que no tiene honradez alguna.
VERGES.— Si oyerais gritar a un niño en la noche, debéis llamar a la nodriza y ordenarla que le haga callar.
GUARDIA SEGUNDO.— ¿Y si la nodriza está durmiendo y no quiere oÃrnos?
DOGBERRY.— Pues entonces marchaos en paz y dejad que el niño la despierte con sus chillidos, pues la oveja que no atiende al cordero cuando bala, no responderá al ternero cuando muja.
VERGES.— Es muy cierto.
DOGBERRY.— He aquà el fin de la consigna. Vos, alguacil, representáis al mismo prÃncipe en persona. Si tropezáis con él de noche, podéis detenerle.
VERGES.— No, por la Virgen; yo creo que no puede.
DOGBERRY.— Apuesto cinco chelines contra uno, con cualquiera que conozca los estatutos, a que puede detenerle. Claro está, ¡pardiez!, que no ha de ser sin la anuencia del prÃncipe, porque, en verdad, la ronda no debe ofender a nadie, y es ofensa detener a un hombre contra su voluntad.
VERGES.— Por la Virgen, que ésa es mi opinión.