Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces LEONATO.— ¿Rompió a llorar, tal vez?
MENSAJERO.— Con gran abundancia.
LEONATO.— ¡Un tierno desbordamiento de ternura! No hay rostros más leales que los que asà se bañan en llanto. ¡Cuánto mejor es llorar de alegrÃa que alegrarse del lloro!
BEATRIZ.— Por favor, el signior Mountanto ¿ha regresado de la guerra o no?
MENSAJERO.— No conozco a nadie asà llamado, señora. Ninguna persona de viso habÃa en el ejército con semejante nombre.
LEONATO.— ¿Por quién preguntáis, sobrina?
HERO.— Se refiere mi prima al signior Benedicto de Padua.
MENSAJERO.— ¡Oh! Ha regresado, y tan jovial como siempre.
BEATRIZ.— Fijó un cartel aquà en Mesina, retando a Cupido al arco; y el bufón de mi tÃo, al leer el reto, le contestó por Cupido y le desafió a la saetilla de cazar gorriones. Decidme, ¿a cuántos hombres ha dado muerte y se ha engullido en estas guerras? ¿A cuántos ha matado tan sólo? Porque, a la verdad, yo he prometido comerme todo lo que matara.
LEONATO.— A fe, sobrina, que tratáis con excesiva dureza al signior Benedicto; pero él se desquitará con vos, no lo dudo.
