Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces MARGARITA.— ¡Sentido oculto! ¡Por mi fe, yo no he pretendido dárselo! Quise decir sencillamente cardo bendito. Quizá creáis que os supongo enamorada: No, por la Virgen. No soy tan tonta que dé crédito a cuanto se me ocurra, ni se me ocurre tampoco dar crédito a lo que quisiera; no, en verdad; no se me ocurrirÃa pensar, aunque me volviera loca, que estáis enamorada, o que lo estaréis o que podéis estarlo. No obstante, Benedicto era una persona tal como vos, y ahora se ha vuelto como los demás hombres. Juró que jamás se casarÃa y, sin embargo, al presente, a despecho de su corazón, come su pan de amor sin repugnancia. Que vos os convirtáis lo ignoro; pero se me antoja que comenzáis a mirar con vuestros ojos igual que las demás mujeres.
BEATRIZ.— ¿Qué paso es ese que lleva tu lengua?
MARGARITA.— No es un falso galope.
Vuelve a entrar ÚRSULA.
ÚRSULA.— Daos prisa, señora. El prÃncipe, el conde, el signior Benedicto, don Juan y todos los galanes de la ciudad vienen por vos para llevaros a la iglesia.
HERO.— Ayudadme a vestir, querida prima, querida Marga, querida Úrsula. (Salen.)