Mucho ruido y pocas nueces

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LEONATO.— Mi querido señor, si, en prueba propia, habéis vencido la resistencia de su juventud y hecho derrota de su virginidad...

CLAUDIO.— Sé lo que queréis decir: que si la he poseído, si la he tenido entre mis brazos, fue en calidad de esposo, y debo, por lo tanto, excusar una falta anticipada. No, Leonato. Nunca la tenté con palabras licenciosas. Sólo le dirigí expresiones de candor sincero y de un respetuoso amor, como hubiera hecho un hermano con su hermana.

HERO.— ¿Y me conduje nunca de otro modo con vos?

CLAUDIO.— ¡Mal haya tu apariencia! Yo la denunciaré. Me hacíais el efecto de una Diana en su esfera, tan casta como el capullo antes de florecer; pero sois más desenfrenada en vuestros deseos que Venus, o que esos animales mimados que retozan en una salvaje sensualidad.

HERO.— ¿Está mi señor en su juicio, que desvaría de ese modo?

LEONATO.— Querido príncipe, ¿por qué no habláis?

DON PEDRO.— ¿Qué voy a hablar? Estoy avergonzado por haber querido unir a mi caro amigo con una vulgar ramera.

LEONATO.— ¿Se dicen tales cosas, o soy víctima de un sueño?


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