Mucho ruido y pocas nueces

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BENEDICTO.— ¡Cómo! ¿Interjecciones? Pues entonces las habrá de risa, como ¡Ah! ¡Ja! ¡Ja!

CLAUDIO.— Acércate, fraile. Padre, con vuestro permiso: ¿me dais a esta doncella, vuestra hija, libremente y sin violencia alguna?

LEONATO.— Tan libremente, hijo mío, como Dios hubo de concedérmela.

CLAUDIO.— Y yo, ¿qué podría daros en pago de tan rico y valioso presente?

DON PEDRO.— Nada, a no ser que se la devolvierais.

CLAUDIO.— Querido príncipe, me enseñáis gratitud noble. Leonato, recobrad, pues, a vuestra hija: no deis esa naranja podrida a vuestro amigo. No tiene de honrada sino la señal y apariencia. ¡Mirad! ¡Se sonroja como una virgen! ¡Oh! ¡De qué sinceridad y muestra de virtud puede revestirse el astuto vicio! Ese rubor, esa modestia, ¿no vienen a atestiguar su sencilla honradez? Todos cuantos la contempláis, ¿no juraríais que es una virgen, por su aspecto exterior? ¡Pues no lo es! ¡Conoce el calor de un lecho lujurioso; y si enrojece, no es de pudor, sino de vergüenza!

LEONATO.— ¿Qué queréis decir, señor?

CLAUDIO.— ¡Que no me caso, que no junto mi alma a la de una probada libertina!


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