Mucho ruido y pocas nueces

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DON JUAN.— Señor, se dicen, y son verdaderas.

BENEDICTO.— ¡Esto no lleva trazas de boda!

HERO.— ¡Verdaderas! ¡Oh Dios!

CLAUDIO.— ¿Estoy yo aquí, Leonato? ¿Es éste el príncipe? ¿Este otro el hermano del príncipe? ¿Es ése el rostro de Hero? ¿Son estos ojos nuestros ojos?

LEONATO.— Todo es así, ¿y a qué viene eso, señor?

CLAUDIO.— Permitidme que haga una pregunta a vuestra hija; y por aquella autoridad paterna y fuero blando que tenéis sobre ella, mandadla que responda francamente.

LEONATO.— Te exijo que así lo hagas, como hija mía que eres.

HERO.— ¡Oh Dios, amparadme! ¡Cómo me acosan! ¿Qué clase de interrogatorio es este?

CLAUDIO.— Un interrogatorio para que respondáis con verdad a vuestro nombre.

HERO.— ¿No es el de Hero? ¿Quién podrá manchar tal nombre con un reproche justo?

CLAUDIO.— ¡A fe que Hero! ¡Hero misma puede manchar la virtud de Hero! ¿Quién era el hombre que hablaba con vos anoche, en vuestra ventana, entre doce y una? Ahora, si sois doncella, responded.

HERO.— Con ningún hombre he hablado a tal hora, señor.


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