Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DON PEDRO.— No sois doncella entonces. Leonato, me duele que hayáis de oÃrlo. Por mi honor, yo, mi hermano y este pobre conde la hemos visto y oÃdo a esa hora de la noche última hablar con un rufián en la ventana de su aposento; el cual, como bellaco, al fin, sin pizca de decoro, nos confesó las viles entrevistas que habÃan tenido mil veces en secreto.
DON JUAN.— ¡Vergonzosas! ¡Vergonzosas! No merecen otro nombre, señor, ni que se hable de ellas. No hay castidad suficiente en el lenguaje para referirlas sin ofender los oÃdos. Asà que, linda joven, lamento tu notoria liviandad.
CLAUDIO.— ¡Oh Hero! ¡Qué heroÃna, qué dechado fueras, de haber empleado la mitad de tus hechizos exteriores en adornar tus pensamientos y las aspiraciones de tu corazón! Pero ¡adiós a ti, la más inmunda y la más bella! ¡Adiós a ti, pura impiedad e impÃa pureza! Por ti cerraré todas las puertas del amor, y la sospecha penderá de mis párpados para trocar toda hermosura en pensamientos de maldad y nunca hallarle otros atractivos.
LEONATO.— ¿No hay aquà un puñal para matarme?
HERO se desmaya.
BEATRIZ.— ¡Ay! ¡Qué es esto, prima! ¿Os sentÃs enferma?