Otelo
Otelo No es que Otelo no sea o esté celoso, sino que los celos no lo son todo. En esta tragedia de la incomprensión, Yago no puede entender la naturaleza de la relación entre Otelo y Desdémona. Queriendo desquitarse de Otelo por «meterse en su cama» (¿quién es el celoso?), se dispone a provocarle celos, pero no concibe que pueda causar algo más grave. Importa, pues, no adoptar su punto de vista (ni el de Emilia, que en esto es tan simple como él). En su último parlamento Otelo declara que no era dado a los celos. Ya en la escena de la tentación le había dicho a Yago que él no podría vivir una vida de celos: «No. Estar en la duda / es tomar la decisión». Shakespeare concibe a Otelo como hombre de acción, incapaz de reflexión y de matices, y, por tanto, hace que Yago aproveche la furia desatada para acelerar la «decisión». Entre tanto, Yago le irá atormentando la imaginación en un alarde de sadismo sexual que ya le vimos practicar con Brabancio en la primera escena.
IX