Otelo
Otelo El efecto de la provocación es que Otelo se ve a sí mismo con los ojos de Yago y de Brabancio, y, si por un lado sufre la destrucción de su ideal, por otro se ve obligado a «hacer justicia». Pero, como dice Bruto en Julio César, desde el primer impulso hasta la comisión del acto el intervalo es como un delirio o una pesadilla. En Julio César Shakespeare no realiza la pesadilla. En OTELO la proyecta en la «escena del burdel» (IV.ii) y la lleva a término en la escena final: las emociones que se despiertan en el lector o espectador objetivan el estado de ánimo del protagonista. Ya he hablado de los rasgos que definen su estado. Ahora hay que añadir el conflicto, manifiesto en la última escena, entre justicia y amor, entre el sacrificio previsto y el inevitable crimen. Se advierte en las palabras de Otelo a Desdémona antes de matarla:
¡Ah, perjura! Me pones de piedra el corazón
y vuelves crimen mi propósito,
cuando yo lo creía sacrificio.
Como Bruto en Julio César, Otelo también se engaña a sí mismo creyendo que un crimen puede ser llamado sacrificio. Pero si lo cree es porque «sacrificio», aunque impropio, expresa mejor sus sentimientos y es la consecuencia de la «justicia» que piensa aplicar. Solo que acaba siendo justicia descarriada, fuerza bruta contra un ser inocente e indefenso.