Poesias

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Y como Colatino no atinó,

Tarquinio ha de suplir esa escasez

mirándola hechizado hasta los pies.

Esta alma santa apenas si sospecha

del diablo que le rinde un culto turbio:

al mal las mentes puras ni lo sueñan

ni el ave libre teme el cepo oculto.

Así, sin culpa ni presentimiento alguno,

le da la bienvenida al regio huésped

que no trasluce el mal que dentro cuece.

Portando los colores de su alcurnia,

esconde la bajeza en su vestuario

y nada hay de excesivo en su conducta

salvo quizá sus ojos que, extasiados,

lo tienen todo y, lejos de gozarlo,

son pobremente ricos, pues por grande

que sea lo que acopian, no es bastante.

Mas ella nunca ha estado ante un extraño

y no descifra el brillo de esos ojos

ni lee los secretos reflejados

en esos libros de vidrioso lomo.

No teme a anzuelo ni ha probado ajonjo

y su mirar lascivo cree común:

dos ojos bien abiertos a la luz.

Él le habla del valor de su marido

forjado en las campiñas italianas

y ensalza el nombre del gran Colatino,


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