Poesias
Poesias al frente de su brava caballada,
sus armas herrumbrosas y sus palmas.
El éxito la alegra y hacia el cielo
las manos alza en agradecimiento.
Sin confesar el fin de su visita,
Tarquinio se deshace en mil disculpas.
No hay nubes en su rostro todavía
ni indicios de tempestas o de brumas;
así hasta que la noche, madre oscura
del miedo, sume al mundo en la zozobra
y encierra al claro día en su mazmorra.
Tarquinio entonces finje estar cansado
y pide ir a su alcoba para echarse
pues tras la cena ha hablado largo rato
con la gentil Lucrecia y ya es muy tarde.
El sueño plúmbeo y el vigor se abaten
y todos duermen menos los ladrones,
las cuitas y las almas más innobles.
Tarquinio, desvelado así, sopesa
la envergadura de lo que persigue,
mas se decide a perseguir su presa
sin reparar en si es o no es posible.
A veces gana más quien se desvive,
y cuando un gran tesoro es el trofeo,
el riesgo de morir no está en el precio.
Quien tanto empeño pone por ganar
lo bello que no tiene desatiende