Poesias
Poesias en que los ojos se hunden en el sueño.
No hay en el cielo estrella que conforte
y aúllan torvos lobos y mochuelos.
Ahora es cuando están más indefensos
los corderitos. Yace la pureza
y crimen y lujuria, en vilo, acechan.
Del lecho baja el lúbrico señor
y se echa el manto al hombro toscamente.
Trepida entre el deseo y la aprensión,
pues ambos goce o daño le prometen;
mas sus reparos ceden casi siempre
al lujurioso embrujo y no lo apartan,
batidos por el basto ardor del ansia.
Frotando así la espada en una piedra,
consigue sacar chispas con que atiza
la cera de una antorcha y a esa estrella
polar que guía al ojo en su lascivia
le dice estas palabras alusivas:
«Si pudo arder el frío pedernal,
también Lucrecia al fin se encenderá».
Sospesa ahora pálido de miedo
los riesgos de su empresa despreciable
y piensa para sí qué contratiempos
lo aguardan si prosigue hacia delante.
Entonces, con desdén, desnuda el traje
blindado de lujuria, la abatible,
y ajusta así lo injusto de sus fines: