Poesias
Poesias y al ver al capitán orgullo en ristre,
aportan más de lo que se les pide.
Con tan servil deseo por bandera,
va el príncipe hacia el lecho de Lucrecia.
Forzados uno a uno, los cerrojos
que la protegen de su anhelo caen;
mas al chirriar reprochan el oprobio
y el incursor vacila unos instantes.
El quicio cruje y trata de dar parte;
las comadrejas que lo ven se espantan
y ellas a él, mas sigue y no se para.
Y cada vez que irrumpe en una alcoba,
el viento, atravesando mil ranuras,
intenta ahogar las llamas de su antorcha
y le echa el humo encima, a ver si nubla
su vista y logra hacer que se confunda;
mas como el viento del deseo escuece,
su corazón la enciende nuevamente.
Y bajo el halo de esa luz atisba
en unas esterillas, sobre el suelo,
un guante de ella con su aguja fina.
La aguja, que lo pincha al recogerlo,
parece que dijera: «De ese juego
procaz no sabe el guante. Vuelve atrás,
¿no ves que es casta y pura hasta en su ajuar?».
Tan débiles recaudos no lo frenan
pues él le da al rechazo el peor sentido.