Poesias
Poesias su triste historia, los calló: «Decid,
¿con qué borrar esta mancilla ruin?».
«¿Cuál es la calidad de mi perjurio?
Si tan violenta fue la circunstancia,
¿mi espíritu no queda impune y puro
pues se negaba a que lo deshonraran?
¿No hay modo de lograr que así se haga?
La fuente emponzoñada al fin se limpia,
¿no puedo yo limpiar esta mancilla?»
Con esto todos juntos le responden
que su alma limpia limpiará el ultraje
y con sonrisa seria y triste esconde
el mapa en que se imprimen las señales
con lágrimas del infortunio infame.
«No, no», les dice, «ya no habrá mujer
que excuse con mi excusa su traspiés».
Aquí suspira al borde del soponcio
y suelta el nombre de Tarquinio. Dice:
«¡Él, él!», mas balbucea, y en su ahogo,
se atora y carraspea y luego gime,
e inspira, se atropella, se resiste
y al fin exclama: «¡Es él, es él, preclaros,
Quien guía contra mí mi propia mano!».
Tras esto envaina en su incruento pecho
un cruel cuchillo y su alma desenvaina.
El golpe la libera del infierno
de esa prisión corrupta en que boqueaba.